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Celebrando el 8 de marzo: Día de la Mujer

Por Iván Ormachea Choque //

En las redes sociales están circulando muchos saludos visuales que conmemoran el Día de la Mujer. Algunos la asocian con la dulzura, el cuidado, la ternura, la maternidad, y otros atributos femeninos; otros, la representan como persona independiente, autónoma, fuerte, luchadora y empoderada; y entre ambos extremos, existe un abanico inmenso de posibilidades.

Todo esto demuestra que no hay un solo tipo de mujer, sino, muchas identidades femeninas. Sobre ello, podemos añadir otras características como la clase social, la raza o la etnia. Una mujer puede ser niña, adulta mayor, migrante o sufrir una discapacidad. Incluso, puede no haber nacido con el sexo femenino, y, sin embargo, sentirse y actuar según se identifica: como mujer, como la protagonista de “Una Mujer Extraordinaria”.

Desde nuestra experiencia de trabajo, en ProDiálogo valoramos la presencia de la mujer en los escenarios de conflictivo. Con frecuencia, se piensa en las mujeres en términos de víctima, como personas carentes de agencia, o de capacidad de actuar para enfrentar la adversidad y generar cambios. Nada más alejado de la realidad. Las mujeres pueden cumplir múltiples roles en estos contextos: como luchadoras o resistentes en conflictos sociales; como acompañantes, brindando el abastecimiento y logística de los movilizados; como comunicadoras de la realidad de las mujeres, compartiendo su agenda de pedidos y necesidades; y como constructoras de paz, interesadas en buscar soluciones a los grandes problemas y conflictos que aquejan a su comunidad. Mamá Angélica, en Ayacucho, María Elena Moyano, en Villa El Salvador y Pascuala Rosado, en Huaycán, son algunas de las lideresas que contribuyeron al cambio en plena época de la violencia terrorista, y ofrecieron su vida en búsqueda de paz, justicia y democracia.

Durante los conflictos sociales, las organizaciones o movimientos sociales se reúnen con el Estado a resolver sus diferencias, controversias o conflictos y, aun hoy, encontramos Mesas de Diálogo donde no hay presencia femenina en la toma de decisiones, a pesar que las mujeres se movilizan y son parte de las protestas de las comunidades o los movimientos sociales. Esto sucede pese a existir desde hace décadas un marco legal que, en base al derecho a la igualdad y no discriminación sistemáticamente interpretado, debería obligar al Estado, en sus múltiples niveles, a exigir su participación en la toma de decisiones representando a las organizaciones femeninas existentes y su propia agenda específica.

En el plano internacional, la ONU ha precisado esta necesidad en la Recomendación 30 de la CEDAW y las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, inspiradas en la su Resolución CS 1325 del año 2000. Ésta, exige a las partes en conflicto respetar los derechos de las mujeres y apoyar su participación en las negociaciones de paz y en la reconstrucción post-conflicto. Ambos instrumentos se refieren a conflictos armados internos, pero sus principios sirven para inspirar una interpretación que favorezca la participación de la mujer en similares condiciones para los procesos de diálogo en conflictos sociales en el país, a partir del respeto al derecho a la igualdad, amparado en la Constitución Política de 1993, la Ley de Igualdad de Oportunidades 28983 y el Plan Nacional contra la violencia de género Decreto Supremo 008-2016-MIMP.

Pese a los avances existentes en cuanto al reconocimiento de los derechos de las mujeres, y al rechazo a las horrendas formas de violencia que históricamente las han afectado, estamos convencidos de que, en la búsqueda de su igualdad, se requiere la participación protagónica de los hombres. No hay posibilidad de cambio en las relaciones entre hombres y mujeres si sólo se enfatiza el trabajo con las mujeres. Es preciso trabajar con ambos. Por un lado, es necesario trabajar en el empoderamiento, la autoestima y la autonomía de las mujeres; y en paralelo, resulta indispensable deconstruir las masculinidades opresivas predominantes y las instituciones donde se reciclan, para construir identidades masculinas libres de violencia, que miren a todos los seres humanos, sin distinción de identidad u orientación sexual, en pie de igualdad. Así, la escuela, las instituciones públicas y privadas, las empresas y los medios de comunicación deben asumir el compromiso de contribuir a estos cambios.